MARGARITA, LA JUGADA MAESTRA QUE SALVA A CURRO Y AL MARQUÉS Crónicas decisivas de La Promesa

En La Promesa hay momentos en los que una sola frase basta para cambiar el rumbo de toda una historia. Esta semana, Alonso de Luján ha pronunciado una de esas frases que no suenan a consuelo, sino a promesa irrevocable: “No volveremos a fallarte, hijo”. Dirigidas a Curro, esas palabras no solo sellan un compromiso personal, sino que revelan algo mucho más profundo: el despertar de un marqués que llevaba demasiado tiempo paralizado por el miedo, la culpa y el peso de un apellido en peligro.
Sin embargo, en el universo de La Promesa, despertar no siempre significa poder actuar. Y ahí reside el verdadero drama de Alonso. Quiere reparar el daño hecho a Curro, devolverle dignidad, lugar y respeto, pero está atrapado en una red de presiones que lo atan de pies y manos. El marquesado, la corona, los pactos del pasado y las amenazas veladas de figuras como doña Leocadia de Figueroa y el capitán Lorenzo convierten cada paso en un riesgo mortal para todo lo que representa la familia Luján.
Es en ese escenario asfixiante donde emerge, con una claridad casi quirúrgica, la figura de Margarita Yáñez. Ella no llega para consolar ni para pedir permiso. Llega para mover la pieza exacta en el momento preciso.
Alonso quiere… pero no puede
El conflicto interno del marqués es uno de los más dolorosos que ha mostrado la serie. Alonso quiere hacer justicia con Curro, reconocerlo y protegerlo, pero cada decisión que tome amenaza con provocar una caída definitiva. No se trata solo de un hijo marginado, sino de títulos, propiedades y un apellido que pende de un hilo. La sombra de la casa real y del duque de Carvajal y Cifuentes planea sobre cada movimiento.
Doña Leocadia lo sabe. El capitán Lorenzo lo sabe. Y ambos han utilizado ese miedo como arma. El mensaje es claro: cualquier gesto en favor de Curro puede costarle a Alonso absolutamente todo. Así, el marqués queda reducido a una figura trágica, consciente de la injusticia, pero incapaz de corregirla sin provocar un desastre mayor.
Margarita Yáñez, la mujer sin cadenas
Y entonces aparece Margarita. Sin título nobiliario, sin obediencia a la corona, sin miedo a perder privilegios que nunca tuvo. Precisamente por eso, es la persona más peligrosa para el sistema que oprime a Curro. Margarita no responde a chantajes políticos ni a amenazas veladas. No tiene nada que perder y mucho que ganar: la dignidad de su sobrino y la memoria de la familia que ama.
Desde su llegada, ha demostrado que no está dispuesta a callar. Ha plantado cara al capitán Lorenzo sin elevar la voz, ha desenmascarado a doña Leocadia con verdades incómodas y ha dejado claro que su lealtad no está con el poder, sino con las personas. Mientras Alonso está atado, Margarita se mueve con libertad.
Y esa libertad es la clave de la jugada maestra.
La adopción que lo cambia todo
La posibilidad que empieza a perfilarse en La Promesa es tan audaz como devastadora para sus enemigos: que Margarita adopte legalmente a Curro. Un movimiento limpio, legal e impecable que dinamita el sistema desde dentro.
Con esa adopción, Curro dejaría de ser un paria social. Pasaría a ser hijo legítimo de Margarita Yáñez, con un apellido respetable y una posición digna. Quizá no recupere la varonía de linaje que siempre le fue negada, pero dejaría de ser tratado como un lacayo sin nombre. Y en la sociedad que retrata La Promesa, eso lo cambia absolutamente todo.
Además, como hijo legal de Margarita, Curro tendría derecho a vivir en el palacio, del mismo modo que Martina. Compartirían estatus, techo y reconocimiento. La humillación cotidiana se transformaría en presencia y respeto.
Un golpe directo al corazón del poder
Pero la jugada no se queda ahí. Margarita podría ir aún más lejos y confiar a Curro la administración del 25% de La Promesa que corresponde a ella y a Martina. Con ese gesto, Curro pasaría a ser una figura clave en la gestión del palacio, arrebatando poder a Jacobo y, por extensión, a doña Leocadia.
Nada sería casual. Nada inocente. Sería un golpe bajo, preciso y devastador contra la “postiza”, justo en el terreno donde más le duele: el control. Leocadia perdería su capacidad de veto sobre Curro y, con ello, su argumento principal para oponerse a su relación con Ángela.
De pronto, Curro ya no sería “indigno”. Tendría nombre, respaldo y posición. Y Ángela dejaría de “rebajarse”, según la lógica cruel de su entorno, por amar a quien ama.
Lorenzo, desarmado
La jugada de Margarita también tendría consecuencias directas para el capitán Lorenzo. Su principal arma, la intimidación, quedaría anulada. Ya no podría presionar a Alonso ni acudir al duque con amenazas, porque el movimiento no habría salido del marqués, sino de Margarita.
Y ahí está la genialidad: Alonso quedaría protegido. Con las manos limpias. Libre, por fin, para expulsar a Lorenzo de La Promesa sin miedo a represalias. Lo que antes era imposible, se convertiría en una salida legítima.
Una heroína sin corona
Margarita Yáñez se perfila así como la verdadera estratega de esta etapa de la serie. No necesita mandar, gritar ni imponer. Su poder reside en saber cuándo y cómo mover la pieza exacta. Puede salvar a Curro, proteger al marqués, mantener el marquesado a salvo y derribar a dos enemigos formidables sin ensuciarse las manos.
En La Promesa, las grandes batallas no siempre se ganan con fuerza, sino con inteligencia. Y ahora mismo, la pieza clave del tablero tiene nombre propio: Margarita Yáñez.
El marqués ha despertado. Curro tiene una oportunidad real. Y el equilibrio de poder en el palacio está a punto de cambiar para siempre.