Emir estaba muy celoso | La Promesa
Manzanas, miradas incómodas y un invitado que desata inseguridades ocultas
En La Promesa, pocas cosas alteran tanto el equilibrio emocional de sus personajes como una visita inesperada. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando Mehmed, un viejo amigo de la infancia de Reijan, cruza el umbral de la casa y, sin proponérselo abiertamente, despierta en Emir un sentimiento que intenta ocultar, pero que resulta imposible disimular: los celos.
Lo que comienza como una escena cotidiana —un desayuno tranquilo, té servido según la tradición y conversaciones amables— se transforma poco a poco en un terreno minado de silencios, miradas cruzadas y tensiones no dichas. Porque en La Promesa, incluso el gesto más inocente puede convertirse en una amenaza.
Un desayuno aparentemente normal… hasta que deja de serlo
La escena se abre con cortesía y calidez. Agradecimientos por la comida, una taza de té más “como manda la tradición”, la sensación de hogar que envuelve a los presentes. La tía Mucader, siempre atenta a los rituales, insiste en que su sobrino beba otra taza. Todo parece armonía.
Pero esa calma se quiebra con una frase sencilla: “Hay alguien en la puerta”. Y ese alguien es Mehmed.
Su llegada no es ruidosa ni invasiva. Al contrario, entra con educación, con una sonrisa amable y un pequeño obsequio que pronto se volverá simbólico: las primeras manzanas del árbol, recogidas del jardín. Un detalle simple, casi poético, que conecta con la tierra, con la infancia y con los recuerdos compartidos.
Y ahí está el problema.
Mehmed: el pasado que vuelve sin avisar
Mehmed no es un desconocido cualquiera. Es presentado como un amigo de toda la vida de Reijan, alguien que la conoce desde hace años, desde mucho antes de Emir. No trae grandes discursos ni intenciones explícitas, pero su sola presencia lo dice todo.
Habla con naturalidad, recuerda momentos, se mueve con comodidad en la casa, como quien pertenece al lugar. Incluso la tía Mucader lo recibe con afecto, lo invita a entrar, a tomar té, a sentirse como en casa. Mehmed no parece un intruso… parece parte de la familia.
Y eso es lo que incomoda profundamente a Emir.

Las manzanas que despiertan sospechas
El gesto de las manzanas, aparentemente inocente, se convierte en un detonante emocional. Reijan las recibe con alegría, comenta que le gustan mucho, que son las primeras de la primavera. Mehmed sonríe satisfecho. Conoce esos pequeños detalles sobre ella.
Emir observa. Escucha. Calla.
Cuando Mehmed dice que Reijan es “la manzana de esta villa”, la frase suena amable, incluso halagadora. Pero en el aire queda flotando una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto conoce Mehmed a Reijan? ¿Y cuánto de ese pasado sigue vivo?
Emir intenta mantener el control… sin éxito
Emir se muestra correcto, educado, incluso cordial. Saluda, se presenta, estrecha la mano. No hay reproches abiertos ni escenas de celos explícitas. Pero su incomodidad se filtra en los gestos: en las pausas, en las miradas que se desvían, en las respuestas cortas.
Cuando Reijan explica que Mehmed es su amigo de la infancia, Emir no puede evitar profundizar, casi sin quererlo. Pregunta desde cuándo se conocen realmente. ¿Infancia de cuántos años? ¿De cuánto tiempo estamos hablando?
Reijan intenta restarle importancia. “No tiene relevancia”, responde. Pero para Emir sí la tiene. Y mucha.
Una llamada que complica aún más las cosas
Como si la situación no fuera ya suficientemente tensa, Emir recibe una llamada de trabajo. Una reunión importante en Estambul, adelantada sin previo aviso. Su tono cambia, se vuelve serio, concentrado. El mundo profesional vuelve a reclamarlo justo cuando su mundo emocional empieza a tambalearse.
Durante unos segundos, parece que Emir se marchará. Que Mehmed se quedará allí, compartiendo espacio, recuerdos y manzanas con Reijan.
La idea no le resulta soportable.
La decisión que lo dice todo: Emir se queda
Contra todo pronóstico, Emir toma una decisión que sorprende a todos… y especialmente a Mehmed. No irá a la reunión. Delegará el asunto en Safer. Se quedará allí unos días más.
La excusa es válida: la tía Mucader no se encuentra bien y necesita cuidados. Pero bajo esa justificación se esconde otra verdad mucho más humana: Emir no quiere irse. No quiere dejar a Reijan sola con Mehmed. No quiere sentirse desplazado por alguien que comparte con ella un pasado que él no puede borrar.
Los celos, aunque no pronunciados, han ganado la partida.
Mehmed se retira… pero deja huella
Mehmed percibe el cambio de ambiente. No insiste, no fuerza su presencia. Se despide con educación, menciona que irá al campo, acepta la situación con aparente naturalidad. Incluso promete regresar más adelante, cenar juntos en otra ocasión.
Pero antes de irse, deja una última impresión: la sensación de que él pertenece a ese lugar de una forma que Emir aún no comprende del todo.
Cuando se va, Emir parece respirar un poco más tranquilo. Sin embargo, la frase final que resuena —“ese tipo no tiene límites”— revela que la incomodidad no ha desaparecido. Solo se ha transformado en inquietud.
Celos, inseguridad y amor en juego
Este episodio deja claro que Emir no es indiferente. Detrás de su imagen segura y racional, hay un hombre que teme perder lo que ama. Mehmed no ha hecho nada incorrecto, pero su sola existencia remueve dudas profundas en Emir: ¿soy suficiente?, ¿ocupo realmente el lugar principal en la vida de Reijan?, ¿o hay alguien que me conoce mejor de lo que yo jamás podré hacerlo?
En La Promesa, los celos no siempre se gritan. A veces se sirven con té caliente, se esconden detrás de sonrisas educadas y se justifican con reuniones de trabajo canceladas.
Lo que viene después
La visita de Mehmed puede haber terminado, pero su impacto apenas comienza. Ha sembrado una semilla de inseguridad que crecerá con el tiempo. Emir ha demostrado que está dispuesto a cambiar planes, a desafiar obligaciones y a quedarse donde siente que su lugar está en peligro.
Y Reijan, en el centro de esta tensión silenciosa, aún no es plenamente consciente de la tormenta emocional que se está gestando a su alrededor.
Porque en La Promesa, nada es tan simple como parece… y los celos, una vez despiertos, nunca se marchan del todo.
